![]() Jesús
en plena sesión de trabajo interno..
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| Mucho tiempo atrás olvidamos
quién somos.. Substituimos la verdad sencilla y perfecta de lo
que somos por una
identidad aprendida que hemos llamado 'ego' o personalidad. Este ego o
personalidad tiene un alcance limitado, igual que su riqueza. La verdad
de lo que somos, ni siquiera la recordamos. Incluso nos suena
extraña tal cosa como 'la verdad de lo que
somos'. Jesús vino a recordarnos ese ser que si somos. Vino a hacernos ver que estamos siendo engañados, hipnotizados por una idea de ser que nos mantiene en una sombra secreta de incertidumbre y miedo profundo. Que lo que somos, eso que ha sido llamado el Hijo de Dios, el Cristo, Krishna o Buda, es rico. Rico en amor. Rico en satisfacción. Rico en completud. Y rico en capacidad para hacer y crear cualquier cosa que queramos. Que cuando olvidamos quienes somos, y dejamos así de sentir la verdadera dimensión de nuestra propia naturaleza, entonces nos sentimos pobres.., insatisfechos, patéticamente incompletos. Jesús no era un hombre religioso, tal como conocemos a las religiones hoy en día. La religión vino después. Jesús era un hombre despierto, fuerte, consciente de si mismo. Y trabajó duro consigo mismo para lograr estar despierto y consciente. Disfrutaba plenamente de la verdad y de lo espléndido de su ser.. Su determinación era sencilla y total. No tenía opuestos. Era un hombre con el corazón abierto, sensible, gozoso.. Con un corazón claro que no sucumbió ante la ignorancia y el miedo común. Cuando habló de Dios, del gozo y del conocimiento que existe en las dimensiones superiores presentes dentro y por encima nuestro, lo hizo a partir de su propia experiencia. El sabía de lo que hablaba.., y lo quería compartir con su hermano el hombre. Sabía que este espacio interno al que llamó el Reino de los Cielos, nos lo estábamos perdiendo.., que lo desconocíamos aunque este fuese nuestra propia naturaleza. No se pronunciaba a sí mismo como alguien especial que tenía algo distinto y superior con lo que los demás no contaban.. No decía que él era el hijo de Dios y el resto de nosotros hijos de quién sabe que.. El sólo sabía que había podido descubrir algo más que importante y significativo, que quería que todos descubriéramos y disfrutáramos también: el ser.., nuestro propio ser! El sabía que podía mostrarnos el camino, que podía hacernos recordar quién somos.. Era un hombre que por ser el mismo amaba, pues nuestra naturaleza es fuerza y amor puro. Y Jesús era un hombre que realmente se amaba.. Estaba satisfecho de sí mismo! ¿Por que? Porque esa fuerza, ese amor que se encuentra dentro y por encima nuestro tiene el atractivo propio de ser es ese algo que contiene todos los atributos y valores conocidos y desconocidos, y el inagotable potencial de satisfacernos plenamente. ¿Quién puede resistirse a amar y entregarse a algo de tal potencial, que es fuente de un gozo siempre sorprendente, que es la fuerza misma que nos creó y que constituye nuestro propio ser..? Esa fuerza y amor que nos creó - que es lo que esencial y profundamente somos -, es ciertamente algo maravilloso más allá de toda posible descripción. Por eso él decía aquello de amar a Dios por sobre todas las cosas.. Pero no porque es un 'deber'.. No. Sino porque amar a Dios es la experiencia más perfecta, satisfactoria y completa posible para un ser humano. Amar a ese amor es el verdadero ‘negocio redondo’ que tanto anhelamos que ocurra en nuestras vidas.. El quería que experimentásemos eso de lo que él disfrutaba tanto y por lo que se sentía tan satisfecho! Jesús no pregonaba dogmas ni deberes. No vino para juzgar a nadie, y mucho menos para amenazar con castigos aterrorizantes, con castigos eternos.. Vino a decirnos que en verdad somos ricos, potentes y pletóricos de satisfacción; de clara y profunda dignidad. Que no necesitamos mejorarnos porque ya somos lo máximo! Que de lo que si urgimos es de reconocer esto. Que no necesitamos correr desesperados tras las ofertas de un mundo que desconoce el amor, y pagar el alto precio que usualmente pagamos por tales cosas.. Que poseer cosas, gentes y dinero sin sentir el amor, el poder y la gracia de nuestro propio ser, se puede muy fácilmente convertir en el substituto deficiente y traicionero de un gozo y un derecho supremo que nos pertenece de nacimiento. Que al haber olvidado quienes somos dejamos de sentir ese sello de perfección con el que originalmente fuimos creados, y por ende, dejado de disfrutar de nuestro linaje real y así de nuestro transito por esta tierra. Que la gracia de nuestro propio ser, de nuestro propio corazón, lo puede todo.. Pero que por habernos expuesto demasiado al maestro equivocado en nuestra vida, llegamos a la conclusión errada y lamentable de que nos tenemos que merecer todo a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de nuestra alma.. Jesús, amigo mío, es el recuerdo de quién si somos. Es el recuerdo de la posibilidad de lo que podemos sentir de nosotros mismos.., de la clase y de la calidad que podemos experimentar en nuestras vidas! El es el portador de la buena noticia. De la buena noticia de que no estamos circunscritos y condenados para siempre a un no-ser, a una noción de nosotros mismos lastimosa y aburrida.. Que si realmente queremos, podemos recuperar nuestra propia santa y perfecta identidad. Le amamos porque en verdad nos amamos profundamente a nosotros mismos. Si la belleza y la magnificencia que amamos en Jesús no la tuviésemos dentro, no podríamos reconocerla en él.. Simple. El amor sólo da para si mismo.. El amor no reconoce otro valor más que a él mismo, pues no hay nada superior o que ni siquiera se le compare. Y la salvación que trajo es la salvación de esa agonía secreta que nos corroe profundo por no sabernos, por no sentir la riqueza, el poder y la plenitud que en verdad somos. De la agonía de tener que luchar y andar a tientas en la oscuridad buscando la felicidad en donde no está. Buscando una felicidad que en verdad no se nos ha perdido.., que la llevamos dentro, y que solo requiere que miremos ahí, en nuestro propio corazón, para así poder reconocerla y disfrutarla. La navidad, que es el recuerdo del nacimiento de Jesús en esta tierra, la celebramos como algo tan especial y que nos inspira tanto, porque profundo en nuestro corazón reconocemos que su presencia entre nosotros nos anuncia año tras año que el significado profundo y la dicha de vivir existe, y que hay esperanza real de vivirla. Feliz Navidad pues.. O más bien, feliz renacimiento de tu corazón, de tu propio verdadero ser..! Rafael Ferraro |
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